jueves, 28 de enero de 2010

Navidades en familia: I parte



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Así como el turrón vuelve por Navidad, así como aparecieron mis padres, ¡algo más bronceados si cabe!


El 21 de Diciembre les sacamos de su ruta de Hoteles 5 estrellas y paisajes de ensueño, para llevarles a la pura selva de asfalto nica, el Microfer, y así aprovechar para terminar de comprar los regalos Navideños, de los que muchos ahora gozais, ¿¿eh??


La noche anterior mi padre a penas pudo dormir pensando en que TODAVÍA no habíamos reservado el Hotel de Estelí. Me hizo escribir en papel y con todo lujo de detalles el itinerario de los días siguientes, una vez explicado, lo memorizó y antes de que pudiéramos ir al aeropuerto para mirar el alquiler de coches ya se había informado en su Hotel y apalabrado el modelo.


El martes 22 de Diciembre llegamos puntuales como un reloj a la recepción, pero mi padre previsor como es el, ya se había adelantado y ya estaba pagando el alquiler del coche.¡¡Bendito padre!!


Mi Bendita madre estaba terminando de hacer la maleta, ya todos listos nos subimos al carro. ¿¿¿Y cuál fue mi sorpresa??? ¿todavía no lo sabeis? Pues que mi padre me entregó las llaves del coche alquilado: “Tómalas hija, conduce tu”. Las lágrimas me saltaban de la emoción, esto es un gesto muy grande. Para los que no los sepáis, llevo 7 años con el carnet de conducir y todavía mi padre no me ha dejado llevar su coche. Si, esto es una pullita para ti Papá, a ver si se te ablanda un poco el corazón, jejeje.


Claro que no todo es oro lo que reluce, ese “Tómalas hija, conduce tu” llevaba adjuntado una cláusula irrefutable: “¿no te importará que vaya de copiloto?”, yo emocionada aún por el legado “¡por supuesto que no papá!”.


Y entonces comenzó el calvario: “que conduzcas más prudente, que vas muy rápido, que no te pegues tanto a la carretera, que si no has visto ese camión, que reduzcas cuando pases cerca de un coche aparcado en el arcén, etc, etc…” Vamos que se me han quitado todas las ganas de mostrar a mi padre mis destrezas al volante con su coche. No veía el momento de llegar para salir corriendo y meterme en el asiento de atrás.


Llegamos a Matagalpa y a Selva Negra, como teníamos todo el día por delante, a Dani y a mi se nos ocurrió hacer la ruta más larga posible que no habíamos podido hacer por falta de tiempo la última vez. Como ya había visto la destreza de mis padres subiendo el Prekestolen en Noruega, y me habían contado las millones de aventuras que habían tenido en Costa Rica, lo vi claro, aquella ruta llevaba sus nombres.


Al principio se jactaron de mí por lo llanito del camino, y mi madre no pudo contener las comparaciones entre Nicaragua y Costa Rica. A medida que aquello comenzaba a ponerse vertical y el lodo casi nos llegaba a las rodillas, mi madre empezó a jurar en arameo y por fin, la escuché la palabra que estuve esperando desde que aterrizó en estas tierras: “Nunca he estado en un lugar así antes”, por fin dejaba de decir que todo ya lo había visto en Costa Rica. La bajada no fue por dónde habíamos planeado, pero como les convencimos para ir a un mirador que pensábamos estaba cerca y luego resultó estar lejos, y deshacer el camino iba a suponer sin duda quedarme sin herencia, bajamos por el camino que teníamos más a mano. Mi padre todo diplomático me decía, “Hija está visto que nos ves más jóvenes de lo que somos en realidad, no vuelvo a teñirme las canas”. Así que como si de cabras montesas se tratara, bajamos con pequeños brincos y resbalones, el acantilado. Mi madre dice que le pareció que estaba esquiando, la sensación de vértigo fue la misma.


Afortunadamente y orgullosamente puedo decir que mis padres son unos todo terreno, unos deportistas sin igual, y que pueden fardar y mucho de aquella aventura porque poca gente a su edad sería capaz de moverse con tanta destreza. Si Papá os veo jóvenes, porque lo sois, ¡con canas o sin ellas! ¡Ese espíritu no os lo quita nadie!


Esta vez, Dani y yo nos enfrentamos a nuestros fantasmas, nos volvimos a superar, si, nos pusimos cara a cara delante del mono Congo. En efecto, el refrán era cierto “Mono aullador poco mordedor” o el otro gran refrán de mi amiga Ervi: “Mucho lirili pero poco lerele”.

Aunque Matagalpa es la tierra por excelencia del café, nosotros, familia chocolatera sin igual (adoptando a otra chocolatera como Dani), no pudimos dejar pasar la oportunidad de ir al “Castillo del Cacao”. Se trata de una de las pocas y pequeñas industrias chocolateras de aquí. El cacao se cultiva pero se refina fuera, prácticamente todo se exporta y acá el chocolate es caro y difícil de conseguir. Nos explicaron todo el proceso de elaboración del chocolate, y por último degustamos un browni exquisito, aunque incomparable con los de Nacho Prieto. Compramos un cachimbo de chocolate y compré cacao puro para haceros unos postres ricos ricos.


2 comentarios:

  1. Dos fotos arriba si os fijais hay un mono congo en la rama.

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  2. Bea¡
    Cómo molan tus viajecitos¡¡¡ Sin comentarios...envidia¡¡ jajaja
    Los padres de copiloto es lo peor que te puede tocar en un viaje..no sé por qué me suena tan, tan familiar...jaja
    Qué paisajes impresionantes los de la selva¡
    Maja, métete en mi blog que me tienes abandonada, jeje

    Besos¡¡

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